Literatura japonesa: Entre el silencio de las páginas

Si sabemos que la evolución de cualquier literatura es motivada por la creación de las obras que la componen, en el caso de la historia de las letras japonesas, casi pensaríamos que funciona al revés, y que son los autores, los que han puesto su granito de arena en un corpus literario ya abonado por siglos de tradición y convivencia.

Narramos su evolución desde la continuidad que provee un sistema estético que no rechaza lo antiguo, sino que incorpora y actualiza el canon con temas y formas de expresión novedosas.

De narraciones épicas a diarios íntimos

Solo en el archipiélago podría encapsularse el nacimiento de todas las escuelas literarias japonesas en el siglo VIII a partir de una sencilla dicotomía:

  • La literatura masculina (kanshin o kanbun), venida de China y escrita en sinogramas (kanji), que trataba temas graves y eruditos y que solo podía ser disfrutada por los nobles que supieran el alfabeto chino.
  • La literatura femenina (waka o wabun), escrita en el silabario japonés (llamado por aquel entonces «letra de mujer») y centrada en las penas y las alegrías de la vida cotidiana. Denostados en tiempos antiguos, son muy del gusto contemporáneo.
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Características de la literatura clásica de Japón

Quizás debamos atribuirlo al histórico cultivo del sinograma (kanji), indispensable para su escritura, pero la cultura japonesa siempre ha sido eminentemente visual. Por tanto, en lugar de partir de temas abstractos, los grandes autores de Japón prefieren recrear los objetos delante de sus ojos (pinos, cerezos, personas) y sobresalir en el refinamiento estético de su descripción.

La brevedad y la concisión también son puntales a la hora de construir las imágenes letradas de la tradición japonesa: igual que en un jardín zen una piedra es capaz de sugerir toda una montaña, la descripción de una rana zambulléndose en un estanco es fundamentalmente polisémica y connotativa.

La literatura japonesa se deleita en aquellos meandros que, en lugar de enseñar una realidad, la vislumbran y ocultan alternativamente. Es el «elogio de la sombra», aquello que se permanece invisible, que da valor al vacío (yohaku, la belleza del hueco) y a lo inacabado: por eso, los versos de la poesía japonesa suelen ser impares.

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También habitarán en las librerías japonesas toda la troupe de yokai: seres mitológicos (fantasmas, monstruos y dioses, kami) que han poblado el rico sustrato de cuentos y leyendas populares, de la tradición oral, desde tiempos inmemorables.

La era Yamato: las antiguas leyendas japonesas

Recogería este tupido humus de cuentos japoneses míticos el Kojiki («Relación de cuestiones antiguas»), encargado en el año 712 por la emperatriz Genmei. Escrito por O no Yasumaro, el Kojiki estaba escrito en un idioma que no era todavía japonés, pero tampoco chino (la versión china sería distribuida bajo el nombre de Nihonshoki o Nihongi, «Crónicas del Japón»).

De las baladas que se incluían en el Kojiki surgirá la primera gran antología poética japonesa: el Manyoshu («Colección de diez mil hojas»), del que destacaría el fundador de la poesía nipona, Kakinomoto no Hitomaro. De sus manos principalmente, veremos nacer el poema largo japonés (choka) y su versión abreviada (tanka).

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El período Heian: la era dorada de la literatura japonesa

Cuando el uso del hiragana (el moderno silabario empleado por el idioma japonés) aún estaba instaurándose, entre las mujeres de la clase aristocrática surgió un nuevo tipo de relatos. Entre ellos, contamos algunas de las novelas más importantes de la literatura mundial: Genji monogatari («Historia de Genji», c. 1010), de la dama de la corte Murasaki Shikibu, y Makura no soshi («El libro de la almohada», c. 996), de Sei Shonagon, también en la casa imperial.

La Historia de Genji de Murasaki Shikibu conforma un retrato panorámico de la vida y amores del príncipe Genji y su hijo en la corte. Es, sin duda alguna, uno de los libros imprescindibles en las estanterías japonófilas.

Peor suerte ha corrido Izumi Shikibu, la tercera diosa de la literatura y competidora directa de Murasaki, con quien compartía techo y estilo. Izumi escribió una poesía waka especialmente lúcida, que compaginó con una vida de líos amorosos digna de la obra maestra de su rival.

Heike Monogatari: el Quijote japonés

El Heike Monogatari, anónimo, es otro clásico indiscutible de la literatura japonesa. Metáfora universal de la ambición humana, se trata de una grandísima epopeya del siglo XIII que narra los tumultuosos acontecimientos sucedidos años atrás, cuando la influencia de la aristocracia declina en favor de la pujante clase militar y dos importantes clanes samuráis, los Genji (Minamoto) y los Heike (Taira), se embarcan en una sangrienta lucha por el poder.

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Saigyo y Basho: Poetas errantes, padres del haiku

Saigyo representa el anverso masculino de la literatura Heian… Antes que poeta itinerante, fue capitán del cuerpo de guardias de élite de la familia imperial y, luego, monje budista. En plena fiebre del hedonismo de la aristocracia, su retiro a un convento se suele atribuir a un intento de huida del amor imposible que profesaba hacia una mujer de rango superior, pero todo queda en leyenda.

Sus versos tanka y waka evocan los conceptos de wabi-sabi(la belleza de la imperfección) y celebran la impermanencia de los fenómenos naturales y las estaciones. Su obra inspiró indeleble al maestro del haiku, Matsuo Basho (1644-1694), sin duda el mejor poeta japonés. Basho también era un monje errante y, como Saigyo, poseía una sensibilidad incomparable.

La obra más importante de Basho se recoge bajo la forma de los diarios que acompañaron sus viajes: en Sendas de Oku(Oku no Hosomichi, 1694), el autor viaja hacia el norte y combina narraciones más o menos libres de sus jornadas con haiku acerca de instantáneas que encuentra por el camino. ¿Qué es un haiku? Nada más y nada menos que el bonsái de la literatura, un breve poema de 17 sílabas que reflexiona sobre el infinito de las cosas que cambian. El más estricto «aquí y ahora».

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Puede que en la sencillez radical de un haiku se esconda aquello que vuelve imborrable la literatura japonesa. Quizás podamos desprendernos de las grandes metáforas, y solo necesitemos mirar el aquí y el ahora para encontrar algo de verdad en la página en blanco. Sin embargo… Qué difícil es eso, ¿verdad?

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Habrás reparado en que solo hemos introducido los principales autores de la literatura japonesa en este artículo. Para descubrir más sobre la historia de las letras de Japón, te recomiendo comprar el volumen IV de Japón, el archipiélago de la cultura. En Amazon, lo encontrarás al mejor precio.

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VOLUMEN IV: LITERATURA, RASGOS DISTINTIVOS

La historia de la literatura japonesa es en gran medida la historia del pensamiento y de la sensibilidad del pueblo nipón. Y en la casa de esta literatura, el ojo explorando sombras, y no tanto la mente creando luces, ha sido el arquitecto principal.

En este cuarto volumen, será la literatura, hogar de polos opuestos y convivientes, la gran protagonista del proscenio. «Mínima extensión, máxima expresión», o así la describe Carlos Rubio, que analiza el complicadísimo proceso de depuración formal que llevaron a cabo las geniales personalidades representantes de las más escuetas formas autóctonas.

El mismo Carlos Rubio, uno de los grandes nombres contemporáneos en el estudio de la retórica japónica, será el encargado de ordenar el binomio de la creación literaria. Por un lado, la novela, femenina y cultivada entre los biombos de palacio: será la tríada formada por Murasaki Shikibu, Sei Shoganon e Izumi Shikibu.

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Por otro, la poesía, en todas sus expresiones (¡hay vida más allá del haiku!), encabezada por los talentos de Hitomaro, Saigyo y Basho. La profundidad de la lectura de Rubio, tanto analítica como contextual, acabará de redondear la otra tradición literaria nipona, incluso más ensalzada por el rizoma de descendientes que ha dejado en la cultura popular.

Nos referimos, cómo no, al mundo fantástico de los yokai, aquellos fantasmas, monstruos y otros seres imaginarios que pueblan la tradición oral y todo el firmamento de fábulas memorables, ya sean divertidas, adoctrinantes …o ambas.

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